El avance inusitado de la tecnología que se ha producido en los últimos treinta años parece poner en jaque el mundo del trabajo tal y como se lo conoce hasta el presente. Múltiples análisis, notas periodísticas, estudios científicos y opiniones de expertos vaticinan la escasez de posibilidades para los humanos que parecen estar destinados a ser reemplazados, en breve, por máquinas que harán el mismo trabajo que cada uno hacía hasta ahora pero de manera más eficiente y con mayor eficacia.
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El ser humano, sin embargo, es posiblemente (sobre la tierra) el ser que mayor adaptabilidad ha demostrado en su larga existencia como especie y que también, más ha evolucionado. Las personas tienen una gran maleabilidad vital que hace que puedan adaptarse a circunstancias increíbles, diversas, inesperadas, fortuitas o no tanto, dificultosas, sorprendentes o habituales, sea cual sea el escenario donde éstas se presenten – desde una cueva en un agreste lugar a una moderna oficina situada en una torre inteligente de alguna ciudad del primer mundo – y sea cual sea la condición en que se encuentre cada uno en un momento determinado, desde un grupo de jóvenes e inexpertos adolescentes futbolistas vestidos con equipos deportivo a avezados hombres de negocios rodeados de múltiples herramientas técnicas y tecnológicas.

Los trabajadores –como parte de esta especie singular que es el ser humano– no escapan a estas posibilidades de adaptación, sino que, muy por el contrario, pueden y desarrollan efectivamente condiciones de subsistencia necesarias que los hacen dueños de habilidades y aptitudes que, sin lugar a dudas, podrán poner en juego para beneficiarse de los avances tecnológicos. Todas las profesiones tradicionales, tal y como hoy se las conoce, ofrecen márgenes de libertad creadora para que sus representantes mejoren sus posibilidades laborales a la vez que contribuyan a mejorar la calidad de vida de la especie.